NOTA: Cuando salimos hacia Madrid a grabar el nuevo disco, lo hicimos armados de cámaras de foto y vídeo, módem, un par de macs y hasta el Final Cut para montar y colgar vídeo, fotos y crónicas en tiempo real. Como de buenas intenciones está lleno el infierno, las nuestras deben estar ahora mismo hirviendo en alguna caldera, porque no cumplimos ni uno de nuestros propósitos. Aquí van, no obstante, algunas notas tomadas durante los días de grabación, que deberán servir de cutre sustituto para quien pueda tener interés en ellas. Vale.
31.10.09
El final de la crónica, como en todos los viajes de ida y vuelta, llega desde casa, en la habitación que yo llamo orgullosamente estudio y el resto del mundo leonera. Esteban acaba de telefonear para decirme que se sube al AVE y para contarme (varias veces, o no sería él) una historia que le tiene emocionado, con razón, y de la que no estoy autorizado a hablar. Mati llegó conmigo hace unos días y se repone en su casa de violentos y merecidos dolores de estómago fruto de sus excesos gastronómicos, aunque deben verse algo mitigados por la alegría que le ha dado el maestro Gualicho pintando el exterior de su oficina (véase la foto, no es para menos). Y Maxi está a punto de subirse a un avión... hasta donde yo sé. Con Maxi las garantías nunca son al 100%, suelen pasarle cosas que no le suceden a nadie más. Me recuerda a algo que Slash decía sobre Axl Rose, “es un imán para los problemas; si los cepillos de dientes trajeran una advertencia sobre el riesgo de ahogamiento, probablemente se ahogaría”.
En fin, de un modo u otro volvemos todos al campo base, a pasar un tiempo tranquilo con los nuestros y disfrutar de amigos, amantes, visitas a Ikea y a los Encantes Viejos para seguir con los eternos works in progress que son nuestras casas, rutinas variadas, un domingo con periódicos normal y supongo que alguna reunión con el jefe Davyd para que justifiquemos aquellos 60 mangos de no recuerdo qué. A 650 kilómetros de aquí quedan no sólo las pistas del nuevo disco, sino tres personas maravillosas a las que nunca podremos agradecer bastante el talento, el amor y la paciencia que han puesto a nuestro servicio. Este disco, cuya producción iba a estar inicialmente en manos de Coti, pasó a control de su “doble” mano derecha, Matías Sorokin y Max Miglin, por motivos de agenda (cualquiera que vea la de Coti entenderá que, o bien en su oficina le odian y se dedican a mandarle a recorrer medio mundo sólo por putear, o es el mayor adicto al trabajo que hemos visto en muchos años; me inclino por lo segundo). Y, perdón por el horrible juego de palabras, no fue un error. Aunque él sigue siendo el padrino del proyecto en la nueva etapa de nuestra carrera (de nuestra vida, que viene a ser lo mismo), Matías y Max han sido los verdaderos genios al control; dos personas a las que ya consideramos pieza permanente del motor de esta banda y a quienes, apenas de vuelta, ya echamos de menos. Por añorar, hasta añoramos el momento más temido de Matías, cuando tras el cristal del estudio se pasaba el pulgar en sentido horizontal por debajo de la barbilla en simulado degüello, gesto que enseguida aprendimos a interpretar como “ese arreglo va fuera, y no me hagas entrar ahí”.
En pago de todo ello les hemos dejado un estudio lleno de colillas, latas de cerveza y restos de comida y siete canciones por mezclar, pero intuimos que, aun así, éste es un amor correspondido. Y si así no fuera, siempre pueden dejar aquí un comentario que procederemos a borrar de inmediato, faltaría más.
Hemos terminado el trabajo. A partir de aquí, y esto es lo que se le hace más extraño a una banda que hasta hoy siempre estuvo encima de todo, desde la planificación de giras a la elección de estudios, la negociación de contratos y las peleas varias con el show business, casi nada está ya en nuestras manos, sino en otras mejores. Your turn, buddies!
Love,
P&O.
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