lunes 2 de noviembre de 2009

Crónicas de Malasaña (y 2)

NOTA: Cuando salimos hacia Madrid a grabar el nuevo disco, lo hicimos armados de cámaras de foto y vídeo, módem, un par de macs y hasta el Final Cut para montar y colgar vídeo, fotos y crónicas en tiempo real. Como de buenas intenciones está lleno el infierno, las nuestras deben estar ahora mismo hirviendo en alguna caldera, porque no cumplimos ni uno de nuestros propósitos. Aquí van, no obstante, algunas notas tomadas durante los días de grabación, que deberán servir de cutre sustituto para quien pueda tener interés en ellas. Vale.

21.10.2009
Saludos desde la Plaza del Dos de mayo en Madrid, que se ve con ojos muy distintos tras haber leído Un día de cólera, la crónica de Pérez-Reverte sobre la locura carnicera del 2 de mayo de 1808, cuando la práctica totalidad de Malasaña era un almacén de artillería donde cuatro militares y apenas 300 madrileños desharrapados plantaron cara al ejército más poderoso del mundo, hartos de la arrogancia de los franceses, que a su vez estaban dispuestos a deslumbrar al pueblo español con las luces de la modernidad, les gustara o no. Quienes cayeron prefirieron defender el viejo régimen, una España de analfabetismo, sotana rancia y absolutismo borbón que terminó de nuevo en manos de un rey tan miserable que no merecía la valentía del pueblo que se batió por él a navaja, maceta y cuchillo jamonero. Y ni yo, que de seguro hubiera sido más afrancesado que el mismísimo Moratín, puedo jurar que no hubiese salido a la calle ese día de haber sido madrileño.

El indómito carácter de estas gentes, en cualquier caso, ha llegado hasta nuestros días y se manifiesta principalmente en la forma que tienen de conducir: a degüello, marica el último y no me bajo del coche a traspasarte con mi acero porque llego tarde. Por suerte hace días que hemos soltado la furgoneta y vivimos todos en los alrededores de los estudios Mamasound, con lo que la jornada de trabajo empieza siempre con un agradable paseo por estas calles que huelen a historia (bueno, y algunas a pis) en cada esquina. Mati terminó ya sus baterías y a servidor le queda una canción para acabar con los bajos; el ritmo de trabajo es bueno y sin duda se ha agilizado desde que tuvimos el buen sentido de poner nombres distintos a los dos Maxis (Segovia y Miglin) y los dos Matías (Segovia y Sorokin)... los primeros días eran más bien confusos, porque o se daban la vuelta los dos interpelados, o ninguno.

El trabajo con Max y Mati (los productores, no los otros, ¿ven a qué me refiero?) es un lujo al alcance de pocos y somos conscientes de ello: estamos en una especie de clase maestra sobre el modo de hacer las cosas, desde las puramente musicales al talante que hay que tener para estar ocho horas en un estudio sin perder los nervios. Son el hombre tranquilo, pero desdoblado en dos personas, y todo el que ha trabajado alguna vez con nosotros sabe que buena falta hace tener ese carácter; a veces pienso que deberíamos cambiarnos el nombre de Ovni a Los Rompepelotas. Miglin y Sorokin, no obstante, son tíos bregados que saben como manejar a cuatro como nosotros. ¿O no? Creo que me vuelvo al estudio a ver si ha pasado algo irremediable en mi ausencia. Lo cierto es que el proceso de grabación de un disco es curioso y un tanto esquizoide; te marchas porque ya no soportas más escuchar la misma canción por enésima vez pero, transcurrido un tiempo ridículamente breve (digamos tres cañas) ya estás deseando volver a ver qué tal. Además, no puedo evitar sentirme el papá pitufo de esta banda, y lo que he dicho antes sobre saber manejar a los chicos no me lo creo ni yo.

Hasta la próxima,
P.

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